Soltar el control

María y Jimena fueron las primeras nietas para las dos familias. Sin haber nacido ya habían revolucionado por completo a todos.  Y como era de esperarse, entre más se acercaba la fecha del nacimiento, las ganas de conocerlas iban creciendo.

A pesar de que durante el embarazo intenté ser bastante zen y positiva, mi estrés empezó a asomarse cuando todos querían comprar con anticipación sus boletos de avión para venir a conocerlas.

Por más que me hubiera gustado tener una bolita mágica, era muy difícil saber el día exacto en que iban a nacer las niñas.  Así que los convencimos de esperar, hasta que supimos con mas claridad una fecha estimada.

Yo estaba clara que al ser las primeras nietas no podía negarles a los abuelos y a los tíos el privilegio de conocerlas al nacer.  Y también pensaba lo fácil que hubiera sido esto si viviéramos en México. Tan fácil como las visitas al hospital y unas espaciadas visitas en la casa.

Confieso que cuando supe que todos y digo todos (abuelos, hermanos, cuñados, novias, tías) decidieron venir al mismo tiempo, mi estrés se fue al cielo. A nadie podía decirle que no, pero nunca me preguntaron si me parecía una buena idea que todos vinieran al mismo tiempo. Ahí sentí que las cosas se estaban saliendo de mi control.

Soltar el control para ganar paz

Controlarlo significaba decirle que no a unos y si a otros , pero no tenía corazón para hacerlo, me quitaba la paz. Entonces decidí hacer lo que sí estaba en mis manos, que era aceptar que al tener hijos fuera de tu país, es imposible que los momentos importantes, como el nacimiento de tus hijos, no se conviertan en un evento familiar de varios días.

Hoy que ya todos vinieron y ya todos se fueron acepto que todo fue mejor de lo esperado. Si hubiera podido controlar las cosas,  definitivamente hubiera espaciado las visitas y la ayuda, pero a la vez me acuerdo tanto de las palabras de mi mamá: “Te entiendo, pero entiende que todos los que vamos, vamos desde el amor”.

Suena cursi, pero en retrospectiva el haber podido compartir estos momentos con las personas que más nos quieren fue un privilegio y un aprendizaje. Mis hijas son afortunadas de tener cuatro abuelos y unos tíos que las amaron desde el día que se las imaginaron sin siquiera conocerlas.

Foto por Gabriel Benois en Unsplash

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