Para ganar a veces hay que perder

Cuando uno vive fuera de su país, hay experiencias que a la distancia se hacen aún más difíciles. Pero también esas experiencias te hacen descubrir que tienes una fuerza que jamás imaginaste que tenias guardada dentro de ti.

Perder un bebé, especialmente tu primero, nunca va a ser fácil. No sólo porque se muere de un día para otro la ilusión de convertirte en mamá, sino porque miles de preguntas sin respuestas claras surgen en tu cabeza.

¿Me podré volver a embarazar?  ¿Cuándo será el momento para volverlo a intentar? ¿Tendré algo mal? ¿Tendrá algo mal mi esposo? ¿Y si me vuelve a pasar?

Sin siquiera planearlo, febrero del 2013 llego con la sorpresa de un bebé. El 4 de diciembre íbamos a ser tres. Nos faltaba sólo 1 semana más para compartir la noticia con el mundo entero, pero tuvimos la oportunidad de contárselo a nuestras familias en persona, pues coincidió con la boda de mi hermana en México.

Haberles dado esta noticia viéndolos a los ojos, ya era un regalo enorme para mi.  La emoción de todos era inexplicable, el primer nieto o nieta, sobrino o sobrina.

Entre tanta felicidad ya de regreso en Chicago, con casi 11 semanas de embarazo, las cosas empezaron a ponerse extrañas. Mi esposo estaba de viaje de trabajo y yo regresaba de mis clases de yoga.

Nunca se me va a olvidar la rapidez del latido de mi corazón cuando vi que estaba sangrando. Con el corazón latiendo a mil por hora y una angustia gigante, llame al ginecólogo, que en Estados Unidos es desesperante porque nunca te enlazan con el doctor, sino que se reporta la enfermera en turno.

Ella notaba mi desesperación pero me dijo que sangrar podía ser común, que me tranquilizara y fuera al doctor al día siguiente. Esa ha sido sin duda una de las noches mas difíciles de mi vida. Dormí sola porque mi esposo tomaba el primer vuelo de la mañana, y en esa soledad mi corazón y mi intuición me decían que las cosas no estaban bien.

Cuando fuimos al doctor aún había un latido lento. No quería escuchar lo que me tenían que decir, pero me adelante y pregunte ¿ya no va a vivir mi bebe verdad? Como los doctores se cuidan de todo no me dijeron mucho, sólo me pidieron no ir al trabajo, descansar y regresar al día siguiente.

Y así fue, el 24 de abril me confirmaron que la naturaleza se nos adelantó y que nuestro bebé era ya un angelito que desde ese día iba a estar siempre cuidándonos desde arriba.

Sinceramente no estuve enojada con Dios ni con la vida, dentro de todo me daba mucha tranquilidad saber que podíamos formar vida, y eso para mi ya era un milagro. ¿Porque a mi? Porque me tocó ser parte del porcentaje de mujeres que pierden un bebé de manera natural (aproximadamente el 25%).

Haberlo perdido no siginificaba que yo hubiera hecho algo mal, simplemente la información de los cromosomas era incompleta, había de menos o había de más y el cuerpo y la naturaleza tan sabias, se dieron cuenta que este bebé no tenía la información genética correcta para formarse.

Físicamente el proceso fue muy fuerte, el jueves en la noche tuve contracciones muy dolorosas y mucho sangrado, y el viernes me hicieron un legrado que fue sencillo porque yo ya de manera natural había de alguna forma dado a luz a ese saquito ya inerte.

Los días después del legrado fueron duros, pero el tabú y la soledad que acompañan un pérdida lo fueron más. Me di cuenta de lo poco que se habla del tema, de lo mucho que la gente minimiza una pérdida durante las primeras semanas de gestación, como si jamás hubiera existido ese bebé, como si vivir un duelo no fuera necesario. El silencio y el vacío intensifican el duelo, sin duda alguna.

Ese año no quise pensar en bebés, sólo quise cerrar el circulo y sanar mi alma. Me ayudó mucho ir con una psicóloga que me ayudó a atravesar mi duelo, a honrar a mi bebé y a entender que aunque su paso por el mundo fue fugaz, cumplió con su misión.

Lo que nunca me imaginé era la sorpresa que me tenía preparada la vida. Perdí un bebe en la tierra, pero al año siguiente me mandó dos. Hoy me considero una afortunada de la vida. Perdí para ganar.

Foto por Soroush Karimi en Unsplash

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