Miedo a las alturas

Hace 9 meses hice mi último viaje sin bebés. Todavía estaba embarazada de María y Jimena y fui a México para estar con mi familia unos días. Que fácil era viajar. La maleta la preparaba un día antes o si el viaje no iba a ser largo incluso el mismo día. Llegaba al aeropuerto con poco tiempo de anticipación y buscaba la escala más corta (desafortunadamente desde Seattle, donde vivimos, no hay vuelo directo a la Ciudad de México). El vuelo era un tramite más para poder llegar a mi destino.

Este escenario hoy se ve totalmente lejano. Cuando tienes hijos todo cambia, no sólo la planeación impecable antes del viaje, sino que se suma un factor de estrés que antes no existía. Cuando volé con mis hijas por primera vez en diciembre, ellas no habían cumplido ni tres meses de vida. Tenía mil preguntas, pero creo que lo que más me preocupaba era el tema de la logística.

¿Cómo iba a pasar seguridad de la manera menos estresante posible? Ya me habían dicho que las tenía que sacar de su huevito y eso implicaba pasar con ellas en los brazos y despertarlas si estaban dormidas. ¿Cómo íbamos a hacer mi hermana y yo para maniobrar con las bebés, ponerlas en los canguros o baby carriers y lograr tener las manos libres para poder dejar la carreola en la puerta del avión?

Ni se diga la preocupación de tenerles que cambiar el pañal durante el vuelo (que por suerte no me tocó) o intentar controlar un llanto desesperado (que la mágica solución además de los abrazos fue darles pecho). El pecho no solo sirve para alimentar, sirve para calmar y evitar cualquier dolor de oído gracias a la succión.

Creo que el párrafo anterior ya me generó estrés, pero al final todas lo logramos y llegamos a nuestros destinos con mil anécdotas que compartir.

Habiendo vivido esta experiencia y analizando los comentarios que me hicieron mis amigas, concuerdo que lo más difícil de viajar (incluso más que la logística) es la actitud de la gente. La mayoría de los pasajeros tienen poca empatía (y se que es difícil pedirla cuando no eres papá o cuando ya se te olvidó esa etapa de tus hijos) ante una situación que los papás desearíamos evitarnos y evitarles a nuestros bebés a toda costa.

Desde que te ven en la sala de espera, imagínense ahora con gemelas, sabes que todos te miran con un poco de ternura, pero en el fondo su voz interna dice “que esas niñas se sienten en la esquina opuesta de mi asiento por favor”.  Como si en lugar de ver a un bebé inocente, que no tiene ni la menor idea de lo que está pasando, vieran a un pequeño demonio a punto de salir. Y lo que nos hacen sentir es culpables de habernos atrevido a viajar con nuestros hijos e incomodar al resto de los pasajeros.

Yo no soy de esta idea, pero conozco muchas que incluso han llevado chocolates para repartir a los de al lado para evitar miradas que matan. Incluso una de mis amigas no sólo llevo chocolates, sino preparó bolsas con una notita, supuestamente escrita por su hija, incluyendo la foto de la bebé, tapones para los oídos y la nota con la explicación de que era su primer vuelo (adelantándose a los malos momentos). La estrategia le funcionó, pero es increíble que tengamos que hacer esto para complacer al de al lado y lograr que se compadezcan de ti.

En un mundo de empatía y de amor al prójimo, lo ideal sería que el pasajero de al lado llevara un snack, anticipando que si le toca la suerte (esto si fue con bastante ironía) de sentarse al lado de una mamá con un bebé en brazos, pueda darle ese snack, siendo este muy probable el único alimento que la mamá coma durante el vuelo. Las que somos mamas si algún día viajamos solas podríamos empezar a hacerlo.

Pero dejo a un lado por un rato el mundo ideal y ahora les dejo una recopilación de los consejos que me dieron (algunos los uso literalmente como me los compartieron) y que me parecieron muy buenos:

  • Llegar al aeropuerto con tiempo de sobra, para que éste no sea un factor adicional de estrés. Las que tienen que hacer escala, intenten que no sea ni muy corto el tiempo de la escala pero tampoco que tengan que esperar mas de tres horas.

 

  • Ir excesivamente organizada, prácticamente habiendo memorizado cada compartimento de la pañalera para solo estirar el brazo y sacar lo que necesitas. Un excelente tip es meter las cosas en ziplocs. Hacer kits en caso de accidente incluyendo: pijama, onesies, calcetines, toallitas y pañal. Un set en cada Ziploc y llevar un cambio de ropa para ti (también puedes salir accidentada).

 

  • Cambiarles el pañal en el aeropuerto antes de abordar. Esto te puede ahorrar una cambiada en el avión (sobretodo a las que tenemos bebés).

 

  • A los bebés darles pecho, biberón o un chupón durante el despegue y aterrizaje para evitar dolor en los oídos con el cambio de altitud. Lo importante es que succionen.

 

  • Llevar un baby carrier o canguro, esto hace todo un poco más fácil. Es una maravilla para cargar al bebee en el aeropuerto si se cansa de estar en la carreola y para subirlo o bajarlo del avión con las manos un poco más libres.

 

  • Llevar una bufanda ligera a las que amamantan para darles de comer mucho más cómodas. Pero si no quieren taparse también está perfecto, si esto le genera incomodidad al de al lado, que se voltée.

 

  • No llevar maleta de mano excepto por la pañalera (no hay manos para llevar nada más).

 

  • Si tienen la posibilidad y hay disponibilidad, pagar el asiento con más espacio para las piernas. Así podrán ponerse de pie y arrullar al bebé si es necesario.

 

  • Comprar los boletos con anticipación para poder escoger los lugares más cómodos y donde tengan espacio para poner la pañalera debajo de las piernas. Las que tienen niños mayores, esto ayudará a que se puedan sentar todos en la misma fila.

 

  • Relajarse y tener paciencia (especialmente si tienes bebés que ya caminan pero no son lo suficientemente grandes para entretenerse más de 10 minutos).

Si les puedo dar un último consejo (y yo soy la primera que tiene que implementarlo) es intentar estar lo más tranquilas posible. Perderle el miedo a las alturas. Nuestro estado de ánimo se lo contagiamos directamente a nuestros hijos. No podemos controlar lo que los otros hagan, pero si nuestra actitud.

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