Los maravillosos dos

“Espérate a que cumplan dos años y empiecen con los berrinches ”.  Mis hijas ya pasaron el primer tercio de sus “terribles dos”. Confieso que cada vez que alguien se refiere a esta etapa de los niños como los terribles dos, me hierve un poquito la sangre.

Imagínense que se refirieran a nuestra edad (bueno a la mía porque seguro hay muchas en sus maravillosos veintes) como “los insoportables y hormonales treinta y tantos”.

Cuidemos cómo nos referimos de nuestros hijos, aunque el término sea algo de moda o “normal”. Para mi esta edad o etapa de un niño está lejos, lejísimos de denominarse como terrible.

Es una época mágica

Nuestros hijos siguen siendo bebés en varios aspectos pero a la vez empiezan a mostrar una independencia increíble. El corazón se apachurra cuando escuchas los primeros “yo solita” “no me ayudes” o “no me veas”, pero ese corazón explota de amor y ternura cuando después de haberte dicho yo solita para construir una torre de bloques, la escuchas gritando de emoción “bravo campeona”.

Y lo mágico, es que a pesar de ese intento de ser más independientes, a la vez  siguen dependiendo mucho de ti. Te piden todas las noches que las consientas otro ratito antes de acostarse, te dicen que te quieren hasta la luna, te abrazan como si no quisieran soltarte jamás.

Es una época llena de momentos inesperados, de ocurrencias y travesuras. Es impresionante verlos absorber información como una esponja, ver cómo sus personalidades se muestran mucho más definidas. Escogen qué ponerse, qué libro leer, que canción escuchar, qué comer. Empiezan a entender con mucha más profundidad la causa y el efecto, aunque el efecto incluya un poco de riesgo.

Es la época en la que empiezan a armar rompecabezas, construyen torres cada vez más grandes, pretenden que cocinan tal y como tu, empiezan a andar en triciclo y a usar el patín del diablo aunque se te salga el corazón cada vez que pierden el balance. Pasan periodos de tiempo más largos dibujando, empiezan a narrar sus cuentos, cantan canciones a todas horas, y si también de vez en cuando hacen berrinches. Bueno quizás unas cinco veces al día, pero el día tiene 24 horas, y ellas están despiertas 12, por lo que 15-20 minutos, aunque parezca una eternidad, no me parece tanto.

Qué si son los berrinches

Si dentro de toda esta magia, los berrinches nublan todo lo demás, nos estamos perdiendo de lo más importante. Si pudiéramos ser un poco más empáticos y entendiéramos que aproximadamente a partir de los dos años ellos empiezan a reconocerse como seres independientes, entenderíamos entonces que muchas veces cuando quieren hacer algo que va en contra de nuestros planes, ellos sienten una enorme frustración.

La mayoría de las veces su único medio para expresar esta frustración es a través de un berrinche. Y por supuesto que pueden ser abrumadores, nublar nuestra calma y sacarnos de quicio; pero si logramos respirar en medio del caos y preguntarnos por qué está haciendo este berrinche y qué podría estarlo provocando, podríamos controlarlo de mucha mejor forma. Al final del día los berrinches son muestra de la evolución normal de un niño. Lo que no es normal es un niño de dos años que no los haga.

Para mi los berrinches son una clara señal de que la personalidad de mis hijas se está desarrollando y una oportunidad para prestarles más atención, escuchar qué es lo que quieren e intentar saber cuales son sus motivos. Es un momento para conectar, abrazarlas, calmarlas (evitando por completo el rincón de pensar, los gritos o castigos) y ya estando tranquilas aprovechar para explicar y hacer esas conexiones tan importantes en su cerebro.

El manejo del berrinche es una de las muchísimas cosas que forman parte de esta etapa evolutiva de los maravillosos dos. Una etapa en donde varias veces al día me encantaría detener el tiempo para que no crecieran ni un segundo más, para que sus ojos se sigan ilusionando con cosas tan simples como una burbuja de jabón, un globo, un charco, un helado, la luna y las estrellas.

Cambiemos el discurso y empecemos a llamarles “los maravillosos dos”. Cuando cambiamos el adjetivo negativo por otro positivo todo empieza a cambiar siempre para mejor.

 

 

 

 

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