Mi cesárea no deseada

Cuando supe que estaba embarazada de un solo bebé, sabía que haría hasta lo imposible por tener un parto vaginal después de la cesárea (PVDC). Esta fue la primera plática que tuve con mi ginecólogo, y trabajamos juntos durante todo mi embarazo para lograrlo.

No quería obsesionarme con el tema del parto vaginal, pero para la fecha de mi parto, ya habrían pasado cuatro años de mi cesárea por lo que era candidata, además de que en el momento del parto estaría monitoreada y los doctores preparados para evitar que mi útero no se contrajera, como la vez pasada.

Trabajé en superar el miedo de la cesárea que tuve con mis hijas y que no quería repetir por ningún motivo, aunque por mi antecedente sabía que estaba ahí la posibilidad. Sané las heridas emocionales de la fragilidad de ese momento en donde todo salió de mis manos. Logré sentirme empoderada para que todo sucediera de manera diferente esta vez.

Sobretodo confiaba en la naturaleza y en mi bebé, teniendo la certeza que ella llegaría como quisiera llegar. También confiaba en el poder que como mujeres tenemos de parir. Y así durante mis 40 semanas de embarazo me preparé de una manera muy consciente y conectada para traer al mundo a mi bebé.

Me conecté con ella de forma espiritual, como si nuestras almas hubieran hecho un acuerdo de vivir intensamente el embarazo, preparándonos juntas para lo que viniera.

Cada semana fui a unas meditaciones para embarazadas que fueron más allá de mágicas, donde trabajé en soltar las expectativas y el control, fluir, atravesar el dolor como una guerrera, y romperme para dar vida.

Todo parecía ir a mi favor, en la semana 28 mi bebé ya estaba volteada y en una buena posición para un parto vaginal, en la semana 32 ya estaba ligeramente encajada y para la 36 ya su cabeza bastante encajada. Aunque vimos que traía una vuelta de cordón en el cuello tanto el ginecólogo como el pediatra me dieron seguridad que a pesar de eso podía nacer vaginalmente. Y asi corrieron las semanas, con mis lecturas, meditaciones, oraciones, mis decretos, mi confianza . . .  hasta que llegué a la semana 39.

Me acompañó mi mamá a la cita con el ginecólogo, en donde me dijo que no podía dejar pasarme de la semana 40 por mi antecedente y si no nacía para el 4 de noviembre tendría que hacerme una cesárea para no ponernos en riesgo. Mi sueño de un parto vaginal se derrumbó por completo en ese segundo, fui al parque a caminar, a llorar, sentía una conspiración en mi contra.

Esa semana previa al parto fue dura. Días de mucha frustración, de no entender que lo más seguro era que terminara en una sala de operación, sin tener la posibilidad de un trabajo de parto. Para mi esa semana fue un pequeño duelo de realmente soltar las expectativas, creía que ya lo había hecho, pero no. Esos días solo le pedía a Dios y al universo que conspiraran a mi favor para que Juliana se animara a salir naturalmente.  Cada noche que sentía una mínima contracción, abrazaba a mi esposo y me empezaban a correr las lágrimas de emoción de pensar que podía estar empezando el trabajo de parto. Pero no fue así.

Fui a ver otra opinión médica,  a solo 4 días de mi fecha estimada de parto. Necesitaba otra opinión, contarle mi historia, mi deseo a otro doctor. Y para mi sorpresa, este doctor me dijo que las posibilidades de desangrarme de nuevo eran demasiado altas, que una cesárea, con todo el equipo médico reduciría mis riesgos altamente.

Me encerré en mi misma, intentando no presionar a mi bebé por salir, en estar tranquila y soltar el control. Sabiendo que el cómo nacería era un plan maestro mas grande que yo misma. Y de la mano de mi esposo ese domingo, quien me apoyo como nadie en todo momento, viendo que Juliana ya se había desencajado inexplicablemente, se programó mi cesárea para el lunes 5 de noviembre.

Y entonces me enfoqué en todo lo que si había, en mandarle luz a las manos del anestesiólogo, del ginecólogo, los ayudantes, las enfermeras, el pediatra. En crear mi momento mágico con mi música, en el poder de mi conexión con Juliana, de saber que en minutos la vería por primera vez a los ojos.

Y saber que fue la misma Juliana, la que nos salvó la vida a las dos. El músculo de mi útero estaba totalmente desgarrado, y de haber comenzado el trabajo de parto eso hubiera terminado en un total desastre.

Con lágrimas en los ojos le agradecí por no haber querido salir de manera natural, porque hoy entiendo que ella me ayudó a atravesar, como una guerrera, mi mas grande miedo que era una segunda cesárea. Y porque pude salvar mi útero, a pesar de haber habido un par de minutos de silencio sepulcral donde se estaba por tomar la decisión de retirarlo si no cesaba el sangrado.

Lo que no puedo dejar de agradecer a esta bebe, es que pude vivir mi embarazo como nunca lo pensé. Que quizás si hubiera sabido desde el inicio que iba a tener una cesárea no hubiera trabajado como trabajé en mi y en mi proceso de volverme madre otra vez.

Hoy entiendo mas que nunca que el cómo traer vida al mundo no me hace ni mas poderosa, ni mas guerrera o mas conectada con mi linaje femenino que nadie. Que esta es mi historia con Juliana y es única y maravillosa. Y que traerla al mundo fue el viaje de auto amor y auto conocimiento mas grande que he experimentado.

Deja una respuesta

Suscríbete a mi Newsletter!

Únete y no te pierdas ningún post, consejos, y mucho más.

Te has subscrito de forma exitosa!

Send this to a friend