Atravesar el dolor

Vivimos en un mundo en donde se nos ha enseñado a alejarnos o evitar el dolor en cualquiera de sus formas. Por eso tener un parto sin dolor se ha convertido en la «norma», cuando sentir dolor y atravesarlo es parte natural del proceso para dar vida y renacer.

Cuando nació mi bebé hace cuatro meses, nunca pensé que todo lo que trabajé durante mis meditaciones para vivir un embarazo y un parto consciente, se iban a hacer realidad de una forma que me sacudió el alma.

Las que leyeron la historia del nacimiento de Juliana https://mamaundiaalavez.com/?p=543 , saben que al final terminó siendo cesárea. Ella nació perfectamente sana, pero a los cuatro días de nacida, el día que nos dieron el alta del hospital, la vida nos puso la prueba más grande. Nos enfrentó al dolor, a tener que atravesarlo juntas como unas guerreras, y a vivir la experiencia de amor más profunda que nos confirmó una conexión que viene de otros tiempos.

Cuando llegó la noche de ese día, el día que llegamos más felices que nunca a la casa como familia de cinco, Juliana dejó de respirar. Todavía al escribirlo se me escurren las lágrimas y se me enchina la piel. Jamás voy a olvidar cuando la vi junto a mi inerte, morada y fría.

Nunca olvidaré como en 13 minutos llegamos a la sala de urgencias del hospital, hablando al mismo tiempo con el pediatra que me daba indicaciones para lograr que respirara, mientras mi esposo manejaba. Tampoco olvidaré nuestras miradas mientras todo esto pasaba, nuestra reacción instantánea y todas las coincidencias que lograron salvarle la vida a nuestra bebé.

Juliana tuvo un ALTE (apparent life threatening event) que es un evento que pone en riesgo aparente la vida del bebé. Se reportan aproximadamente 0,6 casos por cada 1000 bebés nacidos.

No puedo describirles con palabras lo que nuestros corazones experimentaron, jamás olvidaré esa imagen cargando a mi bebé en brazos, chorreando leche en mi pijama, a cuatro días de una cesárea. Nunca olvidaré el abrazo de mi mamá y mi hermana en la sala de urgencias y las llamadas de mi hermano y mi cuñada a cientos de kilómetros. Pero mucho menos olvidaré nuestras manos temblorosas y sudadas, nuestras voces cortadas, nuestras miradas con los ojos llenos de las lágrimas, en silencio junto a nuestra bebé.

Mientras pasaban las horas en el hospital esa noche, los resultados de las pruebas comenzaron a ir a nuestro favor. Juliana, nuestra guerrera, había aguantado esta gran prueba sin repercusiones. Lo único que le encontraron fue un fuerte reflujo gastroesofágico que aparentemente fue el causante de este evento.

Salimos del hospital cuatro días después, un 11/11, el día de nuestro renacer como madre e hija.

No les niego que el primer mes fue mas allá de intenso, días en vela monitoreando su respiración y oxigenación y evitando a toda costa un ahogamiento por reflujo.

Y así mi postparto, diferente a lo que tenía planeado, se convirtió en una experiencia de plena conciencia y presencia. De realmente entender lo que es vivir en el aquí y el ahora.

Cuando me sentí lista, hice mi ceremonia de cierre de postparto con la persona que me ayudó a encaminar mi proceso. Quería llorar esta experiencia, gritarla, sanarla. Y fue ahi donde entendí que todo lo que yo trabaje durante los 9 meses de embarazo se me cumplió. Juliana y yo tuvimos nuestro verdadero parto, atravesamos juntas el miedo, nos rompimos del dolor juntas y salimos de esta experiencia mas conectadas que nunca. Nos dimos vida mutuamente. Y logramos atravesarlo juntas de la mano de mi esposo, quien también atravesó el miedo y el dolor como un guerrero.

Hoy después de cuatro meses todavía no duermo tranquila, pero poco a poco mi cuerpo y mi alma van llenándose de paz. No es casualidad que su nombre signifique «mujer fuerte», vaya fortaleza en un ser humano tan pequeño que en tan poco tiempo aquí ya me ha enseñado tanto.

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