Marcha de mujeres #8M2020

8 de marzo de 2020. Dentro de mi algo cambió para siempre. Marchar este día no era negociable, soy mujer, tengo madre, hermana, cuñada, primas, sobrinas, amigas, pero sobre todo tengo hijas.

Aún mi mente, mi alma y corazón están procesando lo que viví. No puedo decir que mi experiencia fue feliz, por el contrario. Fue un baño de realidad dolorosa, injusta y aterradora. Fue ponerme por unos segundos en los zapatos de esas madres que cargaban las cruces con los nombres y fotos de sus hijas. Es algo que no olvidaré jamás. Y está bien no olvidar, porque sólo habiendo visto a los ojos a estas mujeres, solo viendo por un segundo su dolor, se que este camino de lucha no puede parar.

Nunca olvidaré esa mancha de color morado conformada por cada una de nosotras. Esa mancha que se visibilizaba interminable e infinita como nuestras ganas de luchar.

Se que esta lucha no puede parar porque todas somos una. Porque la violencia en contra de una, es violencia hacia todas. Porque no podemos solo dar gracias a Dios por ser de las afortunadas de no haber vivido esto. Por ser de las afortunadas que marchamos para apoyar una causa. Porque somos de las afortunadas que vivimos para contarlo.

Les confieso que el domingo tuve miedo, miedo de caminar entre mujeres violentadas y furiosas. Al lado mío vi como quemaban puertas, rompían vidrios con martillos, echaban bombas de gas y grafiteaban monumentos. Me niego a quedarme con esto que me hizo caminar con miedo, estar en perenne alerta, y salir de la marcha para tomar el metro de vuelta a mi casa. Lloré mucho de tristeza con las familias de las víctimas, de rabia con ver que algunas querían desvirtuar el objetivo. Pero también pensé que si alguna de mis mujeres hubiera muerto, incendiaría al país completo, junto con el sistema de justicia nulo que no nos respalda en lo absoluto.

Mis expectativas eran otras. Me imaginaba una marcha más pacífica, de más amor. Ilusa yo. ILUSA. Cómo pensé, cómo se me ocurrió que este iba a ser el ambiente y vibra que se iba a respirar. Cómo se va a respirar esto, cuando lo que hay es pánico, rabia y enojo de salir a las calles por el simple hecho de ser mujer. Porque esta rabia viene de la desesperanza de que no se hace nada.

El domingo me sentí rota, pero a la vez entendí que debemos asumir que todas somos parte de un tejido colectivo femenino infinito, y si no lo vemos así estamos fallando como humanidad.

Ya es hora de no callar. Ya es hora de que nuestra voz se haga escuchar. Que nuestros gritos de guerreras retumben por toda la tierra. Esta lucha tiene que ser colectiva, porque unidas somos imparables.

Y así con todo y miedo, hice parte de la historia. Hoy rescato de esta experiencia la parte esencial que es que ninguna mujer debe salir a las calles con miedo de no regresar a sus casas. Quiero que el día de mañana mis hijas sepan que su mamá, su abuela, sus tías, todo su linaje femenino, las que las antecedimos, luchamos y marchamos por ellas. Que sepan que cuando grité el 8 de marzo de 2020 con todas mis fuerzas «Ni una más, ni una más, ni una asesinada más» gritaba por sus derechos y su libertad.

Grité para que ustedes María, Jimena y Juliana puedan salir y siempre regresar.

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