Autocuidado: un acto de generosidad

Cuando nos convertimos en mamás, pareciera que cuidarnos y tomar tiempo para nosotras para estar bien, fuera algo egoísta. O por lo menos la sociedad en la que vivimos así nos lo ha hecho ver, creer, pero sobre todo sentir.

Sentimos culpa por tomarnos tiempo de ocio, por dormir, descansar, por encargar un rato a nuestrxs hijxs, por no querer jugar con ellxs una tarde y preferir ver a una amiga. Por tener un hobby o dedicarle mas tiempo al trabajo que a los niñxs. Nos compramos esa creencia de sacrificarnos por todos, de dejarnos en el último lugar, porque eso hace una mamá, da todo por todos, especialmente por sus hijxs, menos por ella.

Nos han hecho creer que lo que vale la pena, como la maternidad, tiene que costar tanto, doler e implicar un sacrificio tal que olvidarnos de nosotras mismas es parte del paquete para maternar.

Tenemos que con amor y compasión ir liberando la culpa que nos da voltearnos a ver como mujeres completas y aceptar que aunque la maternidad venga con pausas, a veces largas en ciertos aspectos, no tenemos que renunciar jamás a lo que nos da vida.

El autocuidado nos va regresando esa vida, que hoy veo como un acto de generosidad hacia nosotras mismas, porque cuando nos damos y nos cuidamos como si fuéramos prioridad es que podemos maternar desde un lugar de plenitud y de mucha mas paz. Donde podemos criar desde nuestra mejor versión. Donde transformamos a la maternidad de sacrificio y renuncia a aprendizaje y posibilidad.

Algo crucial para lograrlo es eliminar las expectativas tan altas que tenemos de nosotros mismas, de nuestros hijxs y de nuestras vidas. Es imposible hacer bien todo, porque somos personas con 24 horas al día, humanas, imperfectas, limitadas, porque aunque queramos lograr muchas cosas y seamos capaces de hacerlo, tenemos un limite. Y es importante poner esos límites.

Nos vendieron también la idea que somos mujeres super poderosas que podemos con todo aunque no alcance el día, aunque eso merme nuestra salud física y mental. No nos enseñaron a priorizar y a decir no.

Cuando dejamos de cuidarnos, comenzamos a perder la capacidad de cuidar a los demás. Si no nos dedicamos ese tiempo, no les enseñamos a nuestras hijas a cuidar de ellas mismas en el futuro, pero sobretodo no les enseñamos a mirarse, a amarse y a proveerse de lo que necesitan.

Creo que para empezar a cuidarnos y a amarnos más tenemos que empezar a priorizar. Observar con los ojos del corazón qué y quien funciona en nuestras vidas y qué y quién no. Reconocer qué nos hace felices, además de nuestros hijos. Saber qué es eso que nos enciende la chispa de la vida. Qué nos hace brillar y bailar al son de la música del alma.

Es momento de ahondar qué es lo que nos aleja de un estado de satisfacción. Qué se interpone entre nuestra posibilidad de vivir una vida plena.

Tenemos que observarnos con compasión y creernos lo que es verdad, que somos suficientes por nuestra simple existencia. Abrazando la imperfección y darnos permiso para ser quienes realmente somos.

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